En un mundo en el que todo parece estar muy estructurado, es necesario dejar espacio para lo azaroso, lo sorpresivo, en su estado más natural. Esos son los sucesos que nos tornan más creativos, porque se enfrentan con nuestra estructura mental y nos obligan a pensar nuevas soluciones. Así, imaginamos caminos y creamos para seguir adelante. Ese mundo racional contrasta, entonces, con la subjetividad propia de lo desconocido. En todos esos terrenos es donde hurgaremos, para llegar, por medio de los libros y el juego, pero sin recetas preestablecidas, a lugares más libres y plenos, en los que podamos disfrutar del trabajo con los niños y, también, como niños.